La importancia de crear comunidad en el arte.
Hace algunos años, platicando con un fotógrafo que puedo decir que me enseñó mucho de lo técnico en la disciplina que aplico hoy en día a la hora de manipular la configuración de mi cámara, debatíamos la idea de lo que debe ser una fotografía terminada. Yo, que vengo del cine y acababa de rodar mi primera película en formato de 35 milímetros (Inspiración, 2001), defendía con enjundia el argumento de que cualquier imagen, no importa que sea fija, debe siempre de contar una historia. Si no lo hace, falla en su esencia y no sirve para nada. Él, que es más técnico en su quehacer, planteaba la idea de que, en la fotografía, la historia salía sobrando, y el objetivo de cualquier artista de la disciplina es el de encuadrar e iluminar bien un objeto y listo, hasta ahí. El debate nos duro toda una tarde, misma que acompañamos con un buen whiskey y un par de filetes en el asador. Al final no pudimos llegar a un acuerdo, y cada quién permaneció convencido de la veracidad de su punto. En fin, el debate y su fallida conclusión sucede en todos los temas, no solo en el arte.
El argumento de aquel fotógrafo era que, si alguien es bueno en su labor, y posee el ojo adecuado, puede lograr cosas interesantes con una imagen simple, sin necesidad de construir algo complejo o capturar un momento exacto. Por ejemplo, una fotografía de un montón de cables de luz que, de manera uniforme atraviesan la calle del pueblo pintando una figura geométrica “interesante”. O, el encuadre de los límites de una banqueta que en su estructura conforman un diseño premeditado que da como resultado un objeto rebuscado y no tan simple a la vista. Este era, y sigue siendo, el estilo de la obra de aquel conocido y, aunque muy válido, yo nunca pude encontrar algo que llamara mi atención en lo que él tenía qué ofrecer como “artista”. Haciendo a un lado lo técnico, su trabajo nunca me provocó, ni para bien ni para mal.
Pero en aquel entonces no entendí el valor de esa conversación y lo enriquecedor de un debate de ideas, por más opuestas que estas sean.
Hoy en día, si nos damos a la tarea de navegar por internet en busca de imágenes que nos llenen el ojo, nos sorprendemos con la variedad de estilos y visiones que se pueden encontrar. Prácticamente es infinito, pues está regulado por la creatividad e imaginación del ser humano. Hay de todo, desde el artista que “limita” su visión al blanco y negro y que logra una profundidad envidiable en cada imagen, hasta el que le toma una foto al maniquí de una tienda departamental. Inclusive hay quién expone imágenes completamente borrosas y tiene éxito en venderlas. Para mí eso era impensable hace algunos años.
En lo personal soy promotor de los fotógrafos de calle que nos deleitan con impresiones de la dinámica cotidiana en lugares lejanos y ajenos que, de otra forma, no tendríamos el privilegio de conocer. O los retratistas, que captan la esencia y el alma de las personan que posan frente a ellos. Es como una posesión. No por nada es mi disciplina favorita e intento practicarla todos los días. Y ni se diga los creativos que regresan a las herramientas y disciplinas del pasado con película de celuloide, y que logran visuales extraordinarias que la tecnología digital aún es incapaz de replicar. Ahí hay mucho mérito.
Pero sí, también existen los talentosos que, con el simple hecho de capturar figuras geométricas que para los simples mortales (como un servidor) pudieran parecer eso, simples, logran transmitir emociones espectaculares y extraordinarias que terminan por deleitar hasta al incrédulo más renuente.
Ahora entiendo que, en aquella conversación, todos esos años atrás, ni él ni yo llegamos a una conclusión porque ninguno de los dos estábamos del todo equivocados (o correctos), y porque no teníamos la madurez ni la experiencia suficiente para entenderlo. Porque, ahora que concibo un poco mejor la labor del fotógrafo, me queda claro que, primeramente, cuando proviene del ojo artístico, una obra siempre provoca sentimientos distintos en quien la contempla. Lo que para unos puede parecer una imagen tonta y sin chiste, para otros puede tener mucho valor. Todo depende del instante y el humor en que se encuentre el espectador. En su momento, aquel técnico limitado no entendió que, sí, todas las imágenes al final terminan por contar una historia, una muy particular y personal para cada uno. Y yo, yo tampoco supe comprender que cada cabeza es un mundo, y ese mundo tiene mucho qué expresar.
Ya no frecuento esa amistad. Nos fuimos por caminos muy distintos en la vida. Pero, si algo he aprendido en todos estos años, es que el arte y el artista requieren de comunidad para poder crecer y desenvolverse en el entorno. Es falsa la premisa de que el artista es solitario. Nada como poder organizar un viaje fotográfico con uno o dos amigos que se complemente con buena comida, bebida, y una conversación enriquecedora. Así es como se llegó lejos con la avanzada regia en la música por allá de los 90’s. Los genios eran todos amigos y se apoyaban entre ellos. En cambio, el cine en tierras regias nunca despegó pues, contrario a la avanzada, entre los realizadores cinematográficos se cargan un ego de los mil demonios y todos se envidian y se ponen trabas entre si. Critican al que sube antes, y, como el cuento de los cangrejos, hacen todo para jalarlo hacia el oscuro abismo en el que habitan. Muy triste.
Pero, para mi buena fortuna, veo con mucha alegría que las nuevas generaciones de regios, al menos hablando de la fotografía, traen otro chip y buscan crear comunidades. Distintos laboratorios de revelado o estudios ahora imparten eventos para hacer networking que alimente el colectivo, teniendo como resultado una posible avanzada de artistas visuales con potencial ilimitado.
Abajo le recomiendo un par de fotógrafos regios que, en mi humilde opinión, tienen el potencial de llegar muy lejos con su trabajo:


